Trece años de silencio
Trece años pasaron desde el final de la Segunda Guerra. Trece años en los que la amenaza orca pareció, para la mayoría de los habitantes de Azeroth, cosa del pasado. Pero para los propios orcos, aquellos años no fueron de paz: fueron de cautiverio. Los prisioneros de guerra capturados tras la derrota de Doomhammer languidecían en campos de internamiento repartidos por los reinos humanos, apáticos, débiles, casi como si la propia sangre de Mannoroth que los había corrompido años atrás se hubiera convertido, sin la guerra que la alimentaba, en una carga vacía.Fue en uno de esos campos, en el Castillo de Durnholde, donde comenzó a gestarse el renacimiento de un pueblo entero.
Parte I: El ascenso de Thrall
Un gladiador sin pasado
Un orco recién nacido, hijo del difunto caudillo Durotan del Clan Lobo Gélido, había sido criado por humanos desde bebé, sin conocer nada de sus orígenes ni de la maldición demoníaca que pesaba sobre su raza. Su nombre humano era Thrall —"esclavo"—, y había sido educado por el cruel Lord Aedelas Blackmoore, gobernador de Durnholde, como una especie de gladiador personal, obligado a combatir por diversión de su amo.Los golpes constantes de Blackmoore, tanto en el entrenamiento como fuera de él, terminaron por convencer a Thrall de que debía escapar. Con la ayuda de su única amiga verdadera, la sirvienta humana Taretha, y de un guardia comprensivo llamado Sargeant, Thrall logró finalmente huir del castillo. En su viaje, visitó varios de los campos de internamiento dispersos por el territorio, buscando a otros orcos capaces de ayudarle a entender quién era realmente. Lo que encontró le desilusionó: sus congéneres, apáticos tras años de cautiverio, apenas parecían recordar la fiereza que una vez definió a su pueblo.
Decidido a encontrar algo más, Thrall se dirigió en busca del único jefe de clan orco que nunca había sido derrotado en batalla: Grom Grito de Guerra, líder del Clan Grito de Guerra. Grom, impresionado por el coraje del joven fugitivo, lo acogió entre los suyos y le enseñó el idioma orco, la historia de su pueblo y los rudimentos del chamanismo —el camino espiritual que los propios orcos habían abandonado años atrás bajo la influencia de Gul'dan y la Sangre de Mannoroth.
El nuevo Jefe de Guerra
El destino de Thrall dio un giro decisivo cuando se encontró con el anciano Orgrim Doomhammer, aún con vida tras años en cautiverio. Doomhammer, que había sido amigo cercano de Durotan, reconoció en Thrall algo especial y decidió ponerlo a prueba en un duelo amistoso. Thrall, pese a su inexperiencia, logró vencerlo.Poco después, durante un ataque conjunto contra las fuerzas humanas que custodiaban los campos de internamiento alrededor de Durnholde, Doomhammer cayó mortalmente herido, atravesado por la espalda por la lanza de un caballero. Con su último aliento, le entregó a Thrall su armadura negra y su martillo de guerra, nombrándolo formalmente Jefe de Guerra de la Horda.
Como primer acto en su nuevo cargo, Thrall lideró el asalto final contra Durnholde, desmantelando el sistema de campos de internamiento y liberando a los prisioneros orcos de la Segunda Guerra, despertando por fin a su pueblo del letargo en el que habían caído. Nacía así lo que la historia recordaría como la Nueva Horda.
El éxodo hacia Kalimdor
Con su pueblo libre pero sin territorio propio en Lordaeron, Thrall recibió visiones enviadas por un misterioso Profeta —que, sin que él lo supiera, no era otro que el espíritu resucitado de Medivh, actuando ahora para intentar enmendar el daño que había causado en vida—. El Profeta le advirtió de una catástrofe inminente y le instó a llevar a su pueblo a cruzar el mar, hacia un continente desconocido: Kalimdor.Confiando en aquellas visiones, Thrall condujo a la Nueva Horda —orcos, junto a los trolls y tauren que se les unirían por el camino— en un peligroso viaje marítimo hacia aquellas tierras inexploradas.
La caída de Grom: la Sangre de Mannoroth, segunda parte
Al llegar a Kalimdor, la historia pareció repetirse de la forma más trágica posible. Grom Grito de Guerra y su clan, enviados a talar árboles de un extraño bosque para reparar sus barcos, bebieron sin saberlo de un manantial contaminado con la sangre del propio señor del pozo Mannoroth, el mismo demonio cuya sangre había corrompido a los orcos generaciones atrás. El clan entero cayó de nuevo bajo la sed de sangre demoníaca, atacando con brutalidad indiscriminada a los elfos de la noche de Vallefresno, que habitaban aquellas tierras desde tiempos inmemoriales.Thrall, al descubrir lo ocurrido, se vio obligado a enfrentarse a su propio amigo y salvador para detener la masacre. Con la ayuda de la maga humana Jaina Proudmoore —cuyo propio pueblo había llegado también a Kalimdor huyendo de una amenaza que pronto se revelaría común a todos—, Thrall logró purificar temporalmente el alma de Grom, liberándolo lo suficiente de la corrupción como para ofrecerle una última oportunidad de redención.
Grom condujo entonces a Thrall hasta el cañón donde se escondía el propio Mannoroth. Allí, en una batalla que pasaría a la leyenda, Grom Grito de Guerra se enfrentó al demonio que lo había corrompido dos veces, y en un último acto de sacrificio, lo mató —rompiendo para siempre la maldición demoníaca que pesaba sobre toda su raza desde los tiempos de Gul'dan—, aunque el propio Grom no sobrevivió al combate. Con su muerte, los orcos quedaron, por fin, verdaderamente libres.
Parte II: La caída de un príncipe
Mientras todo esto ocurría al otro lado del mar, en Lordaeron se gestaba una tragedia de una naturaleza completamente distinta.La plaga
Rumores de una extraña enfermedad empezaron a extenderse por las tierras de Lordaeron: una plaga que no solo mataba, sino que resucitaba a sus víctimas como monstruosos no-muertos. El joven príncipe Arthas Menethil, hijo del rey Terenas y paladín de la Orden de la Mano de Plata, decidió investigar el origen de la plaga junto a su prometida y antigua compañera de estudios, la archimaga Jaina Proudmoore (antes de que ella partiera hacia Kalimdor).La investigación reveló algo aterrador: la plaga se propagaba a través del grano contaminado por el propio Concejo de las Sombras, ahora reencarnado en la figura del nigromante Kel'Thuzad, que servía en secreto a una entidad conocida como el Rey Exánime.
La purga de Stratholme
Tras una serie de victorias amargas —muchos pueblos ya infectados tuvieron que ser destruidos para frenar el avance de la plaga—, Arthas tomó la decisión más drástica y controvertida de su vida: purgar la ciudad entera de Stratholme, matando tanto a los ya infectados como a los ciudadanos que aún no mostraban síntomas, convencido de que todos terminarían convirtiéndose en no-muertos de todos modos.Su antiguo mentor, el venerado paladín Uther el Portador de la Luz, se negó rotundamente a participar en aquella matanza indiscriminada y le dio la espalda a su antiguo pupilo, marchándose junto a la mayor parte de la Mano de Plata. Fue el primer gran quiebre en la caída de Arthas: el momento en que el príncipe empezó a elegir el camino de la determinación absoluta por encima de la compasión.
La trampa de Kel'Thuzad
Convencido de que debía llegar hasta la raíz del problema, Arthas dio caza al nigromante Kel'Thuzad y lo mató. Pero aquello, lejos de ser una victoria, era exactamente lo que sus enemigos habían planeado: siguiendo instrucciones que le llegaban en sueños, Arthas exhumó los restos del propio Kel'Thuzad y los transportó en una urna sagrada hasta la Fuente del Sol de Quel'Thalas, el corazón mágico del reino de los altos elfos, con la intención de resucitarlo como un poderoso liche.En el camino hacia Quel'Thalas, Arthas mató a su antiguo maestro Uther, que había intentado detenerlo. Al llegar al reino élfico, arrasó Silvermoon, la capital de los altos elfos, y se enfrentó a su General Protectora, Sylvanas Brisaveloz. Tras derrotarla, Arthas la torturó y, antes de concederle la muerte definitiva, usó su propio poder oscuro para convertirla en la primera banshee al servicio del Azote —condenándola a una existencia de sirviente sin voluntad propia.
Con la Fuente del Sol corrompida, Kel'Thuzad renació como un liche poderosísimo. Y fue entonces cuando reveló a Arthas la verdad completa: todo aquello no era más que el preludio de algo mucho mayor. Detrás del Azote de los No Muertos se escondía la propia Legión Ardiente, que regresaba a Azeroth para completar la destrucción que había comenzado siglos atrás.
La transformación final
Arthas y Kel'Thuzad, siguiendo el plan trazado desde las sombras, abrieron un portal e invocaron al gran demonio Archimonde, iniciando la purga de Lordaeron con la destrucción de la ciudad mágica de Dalaran. Sin embargo, en cuanto Archimonde llegó, tanto Arthas como Kel'Thuzad fueron apartados sin miramientos: eran, para la Legión, simples herramientas desechables.Fue entonces cuando Kel'Thuzad reveló a Arthas la identidad de su verdadero amo: el Rey Exánime, entidad que en realidad era el propio Ner'zhul —el viejo chamán desaparecido años atrás tras su encuentro con Kil'jaeden más allá del Portal Oscuro—, transformado por la Legión en un ser de hielo y muerte, sellado dentro de un yelmo de dominación sobre un trono helado en el remoto continente de Rasganorte. Su propósito original había sido debilitar Azeroth para preparar el camino de la Legión... pero el Rey Exánime, en secreto, ansiaba la destrucción de sus propios amos demoníacos.
Buscando el arma definitiva para servir a ese propósito oculto, Arthas viajó hasta Rasganorte y reclamó Frostmourne, una espada maldita capaz de conceder un poder inmenso a cambio del alma de quien la empuñara. Al tomarla, Arthas se convirtió definitivamente en un Caballero de la Muerte, sirviente absoluto del Rey Exánime. El príncipe que una vez había luchado por proteger a su pueblo ya no existía.
Parte III: El despertar de los elfos de la noche
Mientras Lordaeron ardía y Kalimdor veía nacer la Nueva Horda, un tercer pueblo comenzaba a despertar de un letargo milenario: los elfos de la noche, guardianes ancestrales de Kalimdor, liderados por la Gran Sacerdotisa Tyrande Susurrovientos y el archidruida Malfurion Tempestira.La liberación de Illidan
Sintiendo el peso de una amenaza demoníaca despertando de nuevo en el mundo, Tyrande tomó una decisión drástica: liberó de su prisión mágica al gemelo de Malfurion, Illidan Tempestira, un hechicero brillante pero profundamente inestable, exiliado años atrás por experimentar con magia arcana prohibida. Illidan, desesperado por demostrar su valía y obtener poder suficiente para enfrentarse a la amenaza que se avecinaba, consumió la calavera del propio Gul'dan —recuperada en el bosque de Felwood—, un objeto imbuido de un poder demoníaco colosal.El resultado fue una transformación irreversible: cuernos retorcidos, pezuñas, alas oscuras. Illidan se había convertido, literalmente, en aquello contra lo que llevaba toda su vida luchando: un semidemonio. Malfurion, horrorizado, no tuvo más opción que desterrar de nuevo a su propio hermano, esta vez de forma definitiva.
Parte IV: La Batalla del Monte Hyjal
Con la Legión Ardiente avanzando sin oposición tras la caída de Lordaeron, la única esperanza de Azeroth pasaba por algo que jamás había ocurrido antes: que orcos, humanos y elfos de la noche dejaran de lado sus diferencias y unieran fuerzas contra un enemigo común.Thrall, Jaina y Tyrande —con Malfurion recuperando fuerzas tras el desgaste de liberar a Illidan— reunieron a sus respectivos pueblos en las laderas del Monte Hyjal, el lugar sagrado de los elfos de la noche, para hacer una última resistencia contra Archimonde y el grueso de la Legión Ardiente.
La batalla fue titánica. Con la ayuda de los espíritus de la naturaleza convocados por Malfurion y el sacrificio conjunto de las tres razas, la coalición improvisada logró lo que parecía imposible: derrotar a Archimonde, deteniendo —al menos por el momento— la invasión de la Legión Ardiente sobre Azeroth.
El desenlace
Cuando el polvo se asienta tras la Batalla del Monte Hyjal, el mapa de Azeroth ha cambiado radicalmente:- La Nueva Horda, liderada por Thrall, se asienta definitivamente en Kalimdor, fundando lo que con el tiempo será Durotar y aliándose de forma permanente con los tauren y los trolls.
- Los elfos de la noche, tras milenios de aislamiento, deciden por primera vez abrirse al resto del mundo y establecer relaciones con la Horda y con lo que quede de la Alianza.
- Lordaeron ha caído. El otrora poderoso reino humano queda reducido a ruinas infestadas de no-muertos, y sus supervivientes —entre ellos Jaina, que regresa brevemente antes de instalarse definitivamente en Kalimdor— deben reconstruir sus vidas desde cero.
- Arthas Menethil ya no existe. En su lugar hay un Caballero de la Muerte al servicio absoluto del Rey Exánime, con Frostmourne en mano y ningún rastro visible de humanidad.
- Illidan, exiliado de nuevo y transformado en algo a medio camino entre elfo y demonio, desaparece en busca de un nuevo propósito.
Guía elaborada a partir de fuentes oficiales de Blizzard y de las wikis de referencia de la comunidad hispanohablante, contrastando cada sección contra varias fuentes antes de redactarla. Continúa en el Capítulo V: Warcraft III: The Frozen Throne.
